A mediados del siglo XIII comenzó a surgir un poblado en torno al Castillo de San Romualdo, que entonces era conocido como Logar o Lugar de la Ponte, después como castillo de Zuazo y en época árabe como alquería de Rayhana. Alrededor de este ribat y en torno al Real Carenero, atarazana situada junto al Puente Zuazo, se formó la actual ciudad de San Fernando, La Isla

12 de junio de 2009

África, ¿entre la tradición y la modernidad?



Miguel Ángel Morales Solís, Revista Pueblos

Las sociedades africanas se debaten entre la modernidad y el tradicionalismo. Esta temática representa la base de las más variadas discusiones, siendo, a su vez, una consecuencia de otro debate, el del desarrollo a toda costa. En el siguiente artículo intentamos expresar el otro camino, el del medio, apelando a las peculiaridades de los propios pueblos africanos.

Ferrán Iniesta, uno de los más importantes africanistas de la actualidad, ha expresado lo siguiente: “Han habido cambios en las mentalidades, en los mecanismos institucionales, en los referentes míticos en casi todas la culturas negro africanas, pero perviven los cimientos de una sólida cosmovisión tradicional.” Este hecho, que podría muy bien asociarse a cualquier cultura contemporánea, aunque probablemente con una base mucho más difuminada en la sociedad occidental, tiene una significación altamente singular en el caso africano. La temática que impregna casi cualquier debate occidental que gire en torno a la región subsahariana, tiene, por lo general, una carga muy amplia de etnocentrismo y paternalismo bienintencionado. El continente africano ha sido, ante la negativa explícita de los grandes estados asiáticos y de buena parte de los árabes, el centro de probaturas en el que el Banco Mundial y el FMI, junto con las cabezas visibles de occidente, han abordado con mayor ímpetu el impulso de diferentes teorías.

El impacto de los sucesivos intentos occidentales por modernizar África es visible aun hoy en los estados postcoloniales. La diferencia entre izquierda y derecha durante muchos años, el racionalismo con su progreso e igualdad, incluso la globalización, han tenido su reflejo en ciertas políticas concretas que intentaron aplicar los cánones políticos del momento a los estados africanos. En cambio, por lo general, los dirigentes que habían sido impregnado de dichas ideas, occidentalizados en su mayoría, terminaron haciendo de dicho ideario un escudo, un velo tras el cual se escondían las mismas políticas que habían preponderado en África históricamente. Dichas políticas tienen que ver con la propia cosmovisión de las sociedades tradicionales africanas y están enraizadas en un largo proceso histórico que no puede ser anulado y olvidado de un plumazo.
Los constantes intentos por modernizar África han obviado habitualmente una historia que, en muchas ocasiones, está enfrentada con las ideas modernizantes. La jerarquización, el personalismo del poder, el holismo, las redes étnicas y religiosas o la propia creencia de los jóvenes universitarios de que cualquier pasado fue mejor, chocan frontalmente con el paradigma democrático y, por tanto, son difícilmente aunables. África ha creado sus propias formas de democracia. Es discutible si esas democracias de nuevo cuño, a ojos de un purista democrático, occidental por su puesto, tienen o no la validez que se pudiera esperar. En cambio, parece más apropiada la discusión de si esa democracia es o no funcional. El debate sobre la pureza parece más bien espurio y encaminado no solo a aniquilar las diferencias culturales, sino a fomentar una asepsia política, una pax mundial, que solo cabe en los manuales del idealismo menos consciente de la naturaleza humana. La sociedad africana sigue siendo esencialmente tradicional, sigue manteniendo sus religiones, sus jerarquías, sus instituciones o su mitología integradora, bases que realmente la vertebran. Las críticas internas a la modernización, el abandono por parte de las élites de dicho paradigma y el absoluto aferramiento a los modos de comercio tradicionales, a la economía de subsistencia frente a al paradigma productivista, son buenos ejemplos de ello.

Ante esta resistencia a la modernización - parece lo más sensato si se quieren estudiar dichas sociedades - no se puede ejercer una mera presión “evangelizadora” con fines transformadores. El acercamiento a las sociedades africanas debe hacerse, por tanto, desde un prisma mucho más amplio, aceptando las características que le son propias y buscando un alejamiento de lo que podríamos llamar la “modernización pura”.

Únicamente de esta manera se podrán entender los procesos internos que llevan a África a comportarse como lo hace al enfrentarse a cambios de tal magnitud. Pueden encontrarse síntomas de modernización en las sociedades africanas al igual que se encuentran, probablemente con mayor facilidad, rasgos tradicionales. La capacidad africana para adaptar los términos a la realidad concuerda con su habilidad para, según Cheikh Anta Diop, “construirse un nicho especifico e irrepetible” en la esfera internacional. Parece, por tanto, que al igual que lo ha hecho a lo largo de la historia, África vivirá su revolución particular, una revolución diferenciadora llevada a cabo de una manera más sosegada, más africana.